Paraísos perdidos y océanos de cartón

No hagas océanos de un vaso de agua, me digo a menudo. A veces, creo que casi es como si me gustase la tempestad, me viene de familia. Curiosas costumbres.

Me estresan los cambios. No los buenos (¿esos a quién carajo le estresan?), pero si los que se sienten como si alguien quitase rápido la alfombra que hay bajo tus pies, tan rápido que ni si quiera pierdes el equilibrio, y luego estás ahí de pie en el suelo desnudo como ¿Qué está pasando?

Últimamente las tempestades han creado en torno a mí un lío de cajas y celofán, objetos y más objetos como en una cueva de los tesoros destartalada, un botín en el fondo del mar.

Paraísos perdidos para siempre y recuerdos en botellas de cristal a la deriva.

Todo son olas y mareas, y cada vez que intento ir a tierra firme otra ola me empapa y estoy despeinada, tengo frío y muy malas pulgas.

Lo poco que queda de tierra seca lo guarda alguien en un cofre bajo llave en el fondo del mar, y la llave quizás la tenga yo en algún lado, pero a saber.

Mi hogar… El último rincón libre del mundo. Mi isla perdida, tú y yo, el paraíso.

Pero queda algo ahí, rescoldos entre las cenizas. Soy solo una tripulante en este navío. Lo único que puedo hacer es achicar el agua, y sacar los cañones. Arriar las velas, no encallar. Y zarpar de la bahía de cajas y celofán.

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