Rutina de ¿buenos días?

 

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Rutina de buenos días.
Recuerdo cuando iba a la ciudad cada mañana, qué vida más absurda. Desayunar con prisas, correr hacia la estación de tren con las tostadas aún en el esófago. Tenía sus cosas buenas.

 

La niebla avanzando espesa y el amanecer sobre la sierra. Árboles y praderas cubiertas de rocío y telarañas. Los ciervos correteando (sí, en un tramo se ven y mola siempre aunque lo he visto mil veces desde que era niña) y la luz rosa fuego. Me ponía mi música y porque tenía interiorizado cuando llegaba a mi parada, que si no…

Y lo mejor de lo mejor: coincidir/encontrarse con gente conocida. No conocida en plan vecina del quinto que te cuenta su vida durante hora y media y acabas bajándote cuatro paradas antes sólo para escapar. Conocida en plan bien. Saber que ese día coges el mismo tren que tu amiga es como cuando nevaba tanto que tenían que cancelar las clases: hace muchísima ilusión pero sucede muy pocas veces.

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A veces, observaba a la gente que me rodeaba y me montaba películas sobre sus vidas, o cogía mi bloc de dibujo y empezaba a garabatear caras y perspectivas imposibles del vagón. No solía cerrar los ojos, pero estaba totalmente ida en mis ensoñaciones…                Pero siempre he odiado el metro, era como un jarro de agua fría.De pie, incómoda y apretujada entre ese tufo de empujones y ruidos durante casi una hora más.
Siempre que llegaba a mi parada ya estaba de mal humor. Además, tardaba tanto que daba igual cuando intentase desayunar (y os digo que a las 7 de la mañana o 5 que a veces me ha tocado levantarme poco apetece; pero qué decirlos que no sepáis). ¡Siempre tenía hambre! Acababa zampándome de mala manera algún bocadillo en el metro, y llegaba indigesta y «llena de energía positiva y sonrisas» a lo Mr Puterful…

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Y ya no digamos la vuelta. Los días que me tocaba quedarme hasta tarde en la ciudad volvía a mi casa a horas de búhos. Mi familia normalmente dormía o estaba a punto de. Y cenaba a esas bonitas horas donde en la tele hay que elegir entre la teletienda («¿cansado de que siempre te pase lo mismo?») o el tarot.
Los horarios de los trenes, grabados a fuego. Perder uno daba mucha, mucha, mucha rabia.
Tit tac, un minuto; cinco tramos de escaleras. La gente corre en sentido contrario a mí, a coger otro transporte y nos atropellan a mi y a mi pobre carpeta de dibujos gigante, mi vieja amiga todoterreno. Casi, casi llego a tiempo…Señor, pero quítese de todo el medio, hombre…

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Un submundo de pesadilla, pasillos interminables con luces parpadeantes y caras largas y grises. Solía parecerme estimulante, imaginaba historias posapocalípticas y fantaseaba para amenizar mis largas esperas al siguiente tren. ¿Para qué ir al gimnasio si puedes dar trescientas vueltas al andén las noches frías?
Y luego está el hambre. Dios, siempre tenía hambre. Tardaba más de dos horas en el trayecto, y si bien el tren es lo más parecido a yoga y meditación que tenía; he de admitir que perder cuatro horas diarias todos los días es horrible. Se supone que somos 90% agua, pero yo era más 90% kit kats comprados en máquinas del metro y tomados a toda prisa entre la multitud. Cuando no se tragaban mis monedas de 2 euros enteritas y me quedaba sin dinero, sin chocolate y sin nadie a quien reclamarle mis pequeñas desgracias cotidianas.

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Ah, y no entremos en detalles sobre cómo es embutir tus mil carpetas y trabajos altamente delicados de estudiante de artes en un vagón de metro a las 8 de la mañana…
Eh, y no he perdido el tren ni una sola mañana de casi cientos. Ni cuando las máquinas se tragaban mi tarjeta de transporte (sí, lo sé…).
Este año quería (y necesitaba) un cambio de vida y he empezado a trabajar desde casa.
Pero eso tiene sus pros y sus contras, y ya sé que no es posible siempre ni a todo el mundo le encaja bien. Media o una hora me parece normal para ir al trabajo/universidad etc. Pero después de varios años tardando casi tres, necesitaba algo diferente. Os contaré un poco más en mi próximo post.
¡Feliz semana!

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